Alución fragmento "Mi generación"
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___En el colegio Refous, donde pasé toda mi infancia y buena parte de mi adolescencia, cuando estábamos en lo que entonces se llamaba Quinto Bachillerato, un joven de Sexto Bachillerato se suicidó pegándose un tiro en la sien metido dentro de su cama y cubierto por las cobijas. Se llamaba Sergio Camacho, era un lector avezado y tenía talento para tocar el violín. Habíamos hablado varias veces y esa muerte partió mi primera juventud en dos. ___Luego, en la universidad, varios de mis compañeros se la pasaban en bares de rock escuchando las bellas letras de Spinetta hasta el amanecer. Metían todo tipo de drogas: ácidos, hongos alucinógenos, anfetaminas, marihuana, cocaína, lo que fuera. Vagabundeaban por la ciudad en las horas de la noche, hablaban de mitos urbanos que nadie podía corroborar, decían haber tenido revelaciones místicas y algunos de ellos se fueron detrás de las líneas de Nazca en el Perú o a vivir en una comunidad indígena en el Amazonas. Nunca más volví a verlos.
___Otros se la pasaban en fiestas clandestinas en casas abandonadas y llegaban a clase con los ojos desorbitados y oliendo a humo de cannabis. Decían que oían voces que les dictaban los textos que escribían y que había seres de otras dimensiones que necesitaban enviar un mensaje urgente a este mundo. Dos de ellos terminaron internados en clínicas psiquiátricas y nunca volvieron a clase. Estaban ya por fuera, desconectados, enchufados a universos paralelos que solo ellos podían ver y escuchar.
___Un compañero que también estudiaba música en el conservatorio de la Universidad Nacional me contó que le habían escrito desde Buenos Aires proponiéndole que tocara en una banda de rock que se iba a llamar Mayonesa Galáctica. Él era guitarrista y la idea lo entusiasmó hasta el punto de empezar a vender todas sus cosas para recoger lo del viaje. Finalmente, llegó al aeropuerto de Ezeiza y no había nadie, ninguno lo estaba esperando, ningún músico apareció en los días siguientes y en el número telefónico que le dieron nunca contestaron. Tuvo que regresarse una semana después con las ilusiones rotas y los sueños masacrados.
___Otro de mis colegas, cuando ya estábamos en los semestres finales decidió un buen día que la academia no servía para nada, que jamás cambiaríamos el mundo desde un salón de clase o escribiendo un cuento o un poema, y se metió en la guerrilla. Se fue para el monte. Me buscaba cuando podía regresar a Bogotá y nos veíamos unas pocas horas en las cuales me contaba cómo hacían retenes, pedían vacunas a los terratenientes y atacaban pequeñas guarniciones del ejército. Un día no volvió a aparecer y nunca supe si lo habían matado o si sencillamente, cansado de la guerra, se había salido y huido del país, como tantos otros.
___Y estábamos nosotros, los que seguíamos creyendo en los libros y nos aferrábamos a ellos como si fueran tablas salvavidas en medio de una inundación. No teníamos certezas, ningún ángel nos hablaba desde el más allá y sabíamos que las drogas y el alcohol serían siempre la tentación más peligrosa y el camino más rápido para alcanzar la esterilidad creativa. Vagabundeábamos por la ciudad sin saber qué sería de nosotros, nos sentábamos en los cementerios o en los parques a observar a la gente, y tomábamos notas en libretas arrugadas y baratas con la ilusión de que algún día se convirtieran en textos decentes que pudiéramos publicar.
___Cuando los recuerdo a todos ellos siento una tristeza nostálgica y quisiera poder conversar con alguno, aunque fuera por unos breves minutos. Había algo honesto en sus búsquedas y extraño mucho esa pureza. Esa pureza demencial.
