Fotografía de Mario Paoletti
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___En 1987 llegué a Toledo a estudiar en la Fundación José Ortega y Gasset. Era el único estudiante que había cargado su máquina de escribir consigo: un armatoste que hoy en día sería imposible de transportar en ninguna aerolínea del mundo. La ciudad me deslumbró enseguida. Me di cuenta de que era como vivir en un museo. Cada iglesia, cada casa, cada piedra escondía una historia de muchos siglos. Solo a pocas calles de donde estaba la fundación quedaba la catedral de Toledo, de donde había partido Colón para lanzarse a la aventura que lo condujo a un continente que luego se llamaría América.
___La fundación quedaba en el Callejón de San Justo. Era preciosa, uno se sentía como un estudiante medieval. Yo, que venía de las calles duras del centro de Bogotá y de las míseras pensiones de estudiante, entrar a vivir y a estudiar en ese lugar me parecía como si de repente hubiera dejado de ser un vagabundo para transformarme en un señor marqués.
___Algo que me sorprendió enseguida fue la visión que tenían los profesores de la literatura. Yo venía de una academia conventual, cerrada, en la que el texto se analizaba como si se tratara de una exégesis bíblica. Y de repente los profesores en clase hablaban de la Doctrina Monroe, de la Revolución Cubana o de política y estética en América Latina. Yo me sentía al comienzo completamente fuera de lugar, pero al mismo tiempo atraído y fascinado.
___El director de la fundación era Mario Paoletti, un escritor y periodista argentino que había sido detenido durante la dictadura el 24 de marzo de 1976. En ese momento se encontraba en La Rioja trabajando con su hermano en un periódico llamado El Independiente.
___Mario estuvo cuatro años en distintas cárceles argentinas: Paraná, Coronda, Villa Devoto, Sierra Chica, La Plata y Caseros. Incluso alcanzó a ser recluido en una celda de aislamiento, donde la soledad y el silencio son brutalmente despiadados. Sin embargo, en lugar de convertirse en un hombre resentido y con actitud de víctima, de él emanaba un vitalismo y un humor negro que no dejaban de sorprender. Era un grandulón barbudo con cara de ogro risueño. Un tipo inolvidable que, en el aula de clase, apenas entraba, imponía una autoridad sin resquicios.
___Con el paso de los meses me convertí en uno de sus discípulos más cercanos. Incluso una noche llegó a Toledo María Kodama, la escritora y traductora argentina que había sido tan cercana a Borges, y Mario organizó una cena a la cual tuvo la gentileza de invitarme. Nunca olvidé lo que significó para ese joven inexperto que era yo entonces la presencia de una mujer como la Kodama, con su elocuencia y su ternura infinita cuando se refería a algún tema que tenía que ver con Borges.
___Aunque fui cercano a Mario Paoletti en esa época, debo confesar que hubo un rasgo de mi personalidad que terminó por distanciarnos: mi melancolía. Por esos años yo tenía mucho miedo de no ir a lograr la construcción de la obra, y ese sentimiento de frustración se regresaba en mi contra y me deprimía de mala manera. Mario, en cambio, era un vitalista que creía que la literatura era una de las tantas formas exquisitas de afirmar la vida a plenitud.
___Me pregunto si él, alguna vez, sospechó que yo sí iba a convertirme en un escritor. Y quizás la respuesta me duela un poco: no. Creo que me veía como un joven inteligente y capaz al que su temperamento melancólico le impedía crear a cabalidad, con disciplina y jovialidad. ___De las cosas que lamento profundamente en mi vida es no haber regresado a la Fundación siendo ya un hombre hecho y derecho, y haberle dado las gracias a Mario por su positiva influencia y por la paciencia que me tuvo por aquel entonces.
___Mario murió en el 2020 a los 80 años de edad, en plena pandemia, y con él se fue uno de los grandes literatos de nuestro continente. Gracias, viejo, estés donde estés.
